Don Rúa, fiel discípulo de Jesús tras las huellas de don Bosco.


Los primeros salesianos solían decir: “Si alguna vez se perdieran nuestras Reglas o nuestras Constituciones, bastaría observar cómo se comporta Don Rúa para saber qué es lo que los demás debemos hacer”. Su fidelidad en este aspecto era admirable. Siempre amable y bondadoso, comprensivo con todos y lleno de paciencia, pero constante en el cumplimiento de todos sus deberes.
(Texto extraído de: Don Miguel Rúa. Regla viviente y soberano de bondad (1837-1910) – Mariano Sáez de Castro, SDB – Retiros para Comunidades , SMA – Curso 2009-10 , Retiro nº 5)


D. Miguel Rúa nace en Turín el 9 de junio de 1837. Era el último de 9 hijos. Su padre, Juan Bautista Rúa, supervisor en la fábrica de armas de Turín, fallece el 2 de agosto de 1845 cuando Miguel tenía 8 años. Su madre, viuda, seguirá alojándose en el interior de la fábrica.

Hizo sus estudios primarios con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Resultó que a ese centro educativo iba Don Bosco a confesar, y los alumnos se encariñaron de tal manera con él que no aceptaban confesarse con ningún otro sacerdote.

Un domingo de octubre de 1845, Miguel entra por primera vez en el Oratorio de Don Bosco. Éste se le acercó, le puso la mano sobre la cabeza y le miró de forma muy particular. Miguel quedó impresionado por la bondad que Don Bosco le mostró en aquel encuentro y se quedó allí durante dos meses.

El 13 de abril de 1846, el Oratorio se instala definitivamente en Valdocco.


Iremos a medias – Nosotros dos haremos todo a medias

Fue en 1847 cuando tuvo lugar una de las anécdotas más recordadas entre Don Bosco y Miguel Rúa. Mientras el santo distribuía medallas a unos muchachos que le rodeaban, se le acercó Miguel, que por entonces contaba poco más de diez años, y le extendió su mano abierta, en espera de su correspondiente medalla. “¡Ah, eres tú Miguel! ¿Qué quieres? – pregunta Don Bosco-.” “Una medalla”, responde el muchacho. “¿Una medalla? No; algo mucho mejor que eso. Toma”. Y, mientras hablaba, le tendió su mano izquierda, pero vacía; y, con la derecha, aplicada perpendicularmente, hizo el gesto de cortarla en dos. “Toma, toma, vamos”. ¿Tomar? Pero si la mano está vacía… ¿qué pretende?, se pregunta el muchacho al tiempo que mira extrañado al sacerdote. Algunos años más tarde, Don Bosco le revelará el significado:
“Querido Miguel, tú y yo iremos a medias; lo compartiremos siempre todo: dolores, responsabilidades, alegrías… y lo que quede, todo lo que quede, lo tendremos en común.”


Don Rúa, primer sucesor de Don Bosco

En 1850, cuando Miguel tiene 13 años, Don Bosco le propone continuar sus estudios para ser sacerdote. Miguel prosigue sus estudios siempre bajo la atenta mirada de Don Bosco y pasa el tiempo que le dejan libre sus estudios en el Oratorio.

El 24 de septiembre de 1852 (Miguel tiene 15 años), Don Bosco acoge definitivamente en su Oratorio a Miguel Rúa, y el 3 de octubre le impone la sotana, junto con Roccheti, otro de sus muchachos. Pronto varios compañeros más se unen a estos dos primeros. El 26 de enero de 1854 (Miguel, 16 años) Don Bosco los reúne y les propone una especie de “tiempo de reflexión espiritual”, después del cual podrían comprometerse mediante los votos. Ese mismo día se adopta el nombre de “salesianos”, en recuerdo de San Francisco de Sales, por las virtudes que destacaron en él.

Dos años más tarde, en 1855, Miguel, con 18 años, se convierte en el primer salesiano que hace los votos en las manos de Don Bosco

Poco a poco Miguel se va haciendo cargo cada vez de más actividades en el Oratorio. Entre 1853 y 1860 (de 16 a 23 años de edad) estudia Filosofía y Teología en el Seminario Mayor.

En 1858 Don Bosco va a Roma a una audiencia con el Papa Pío IX para presentarle el borrador de las Reglas de la Congregación, y lleva consigo a Miguel Rúa, que tiene 21 años. Al regresar, Don Bosco encarga a Miguel el Oratorio mientras él continúa los trabajos de la fundación de la Congregación. Es entonces, cuando Miguel decide “hacer de Don Bosco”, seguir el ejemplo de Don Bosco. Decía Miguel: “Me resultaba más provechoso observar a Don Bosco, incluso en los actos más sencillos, que leer muchos tratados de ascética y pedagogía”.

El domingo, 18 de diciembre de 1859, queda fundada oficialmente la Congregación Salesiana. Don Bosco es reconocido como Superior General y Miguel Rúa, con 22 años, es nombrado director espiritual de la Sociedad.

El 29 de julio de 1860, Miguel, a los 23 años, recibe la ordenación sacerdotal.

En 1863 Don Bosco consideró conveniente fundar un Seminario Menor en Mirabello, del que será nombrado director Don Rúa. Acababa de cumplir 26 años. En Mirabello, Don Rúa intenta parecerse cada día más a Don Bosco.

En 1865, en la obra salesiana de Valdocco las cosas no van bien y Don Rúa es llamado por Don Bosco al Oratorio. Don Rúa no era Don Bosco, pero seguía su ejemplo cada día.

Durante 36 años fue el colaborador más íntimo de Don Bosco en todas las etapas del desarrollo de la Congregación.

En 1884, la salud de Don Bosco comienza a ser inquietante. El Papa León XIII le insta discretamente a que tenga prevista la sucesión. De este modo, el 24 de septiembre de 1885, Don Bosco nombra como sucesor a Don Rúa, para sustituirlo. En 1888, León XIII lo confirmó Rector Mayor.

Empujado por la pasión del Da mihi animas, Don Rúa dio un gran impulso a la misión salesiana. Con el aumento de los hermanos y el desarrollo de las obras, envió a los salesianos por todo el mundo cuidando en particular las expediciones misioneras. En los largos viajes realizados para visitar las obras salesianas en Europa y en Oriente Medio, confortaba y animaba, siempre apelando al Fundador: “Don Bosco decía… Don Bosco hacía… Don Bosco quería…”

Cuando murió, el 6 de abril de 1910, a los 73 años, la Sociedad había pasado de 773 a 4.000 salesianos, de 57 a 345 casas, de 6 a 34 Inspectorías en 33 países.
Beatificándolo, Pablo VI afirmó: “La Familia Salesiana ha tenido en Don Bosco el origen y en Don Rúa la continuidad… Él ha hecho del ejemplo del santo una escuela, de su regla un espíritu, de su santidad un modelo. Ha hecho del manantial un río”.
Sus restos se veneran en la cripta de la Basílica de María Auxiliadora. Su memoria se celebra el 29 de octubre.


Para la redacción de este texto se han utilizado los siguientes documentos:


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